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Jueves 25 de Mayo de 2017   












EL CUENTO DEL CORTADOR DE BAMBÚ
7/12/2011 - Cuentos

NACIMIENTO DE KAGUYAHIME

“Hace ya mucho tiempo, había un viejo cortador de bambú. Andaba por los campos y montes cortando bambúes para los más diversos usos. Se llamaba Sanuki no Miyatsuko. Un día, encontró un bambú cuyo pie resplandecía. Intrigado, el viejo se aproximó y vio que la luz provenía del interior de una sección del tronco. Al cortarlo, halló a un ser humano del tamaño de tres pulgadas sentado con una gracia sin igual. El viejo cortador dijo así:

- Ya que te encuentras dentro del bambú que veo cada mañana y cada tarde, queda claro que estás destinada a ser mi hija.

Y se la llevó a casa en la palma de la mano. La confió a su anciana mujer para que la criara. Su encanto era infinito. Como era tan pequeña la cuidaron metida en una cesta de bambú.

El viejo cortador de bambú seguía cortando bambúes. Pero desde que halló a la niña, empezó a encontrar bambúes con oro dentro de cada sección. Así se fue haciendo rico poco a poco.

La niña, a medida que la alimentaban, se la veía crecer, y al cabo de tres meses era ya tan alta como un adulto. De manera que le organizaron la ceremonia de recoger el cabello en lo alto y la vistieron de mayor. La cuidaban con gran amor y nunca la dejaban salir de detrás de los visillos. No había belleza comparable a la suya en el mundo y todos los rincones de la casa estaban llenos de la luminosidad de su hermosura. Si el viejo se encontraba mal, se ponía bien al verla. Si estaba enfadado por algo, se le pasaba.

El viejo cortador de bambú seguía encontrando oro en los bambúes, de forma que se hizo rico y poderoso. Cuando la niña se hizo mayor, el viejo llamó a Inbe no Akita, sacerdote de Mimurodo, para decidir su nombre. Akita la llamó Nayotake no Kaguyahime -la Princesa resplandeciente de flexible bambú-. Los festejos se sucedieron durante tres días y tres noches. Lo celebraron con grandes banquetes y con todo tipo de diversiones. Fueron invitados todos los hombres casaderos sin distinción y se divirtieron enormemente.

Todos los nobles del país, los nobles y los no tan nobles, al oír cuanto se decía sobre la Princesa, se volvieron locos por conseguirla y casarse con ella. Como era tan difícil verla, incluso para los miembros de la casa, los ajenos se pegaban a las tapias de alrededor y a las puertas del recinto y se reunían enloquecidos y desvelados en las noches oscuras sin luna para espiarla a través de los agujeros que hacían en las vallas. Dicen que desde entonces se empezó a decir ‘llovía’ -llamar insistentemente- para pretender a la amada”.

Así comienza “El cuento del cortador de bambú”, obra anónima de finales del siglo IX o principios del X, primer texto japonés de ficción del que se tiene noticia. El aliciente para acercarme a estos cuentos vino por “Tres momentos de la literatura japonesa” de Octavio Paz en “Las peras del olmo” y empecé leyendo algunas historias de “Genji Monogatari”, obra de 1006 escrita por Murasaki Shikibu.

Kaguyahime impuso a los pretendientes unas pruebas dificilísimas de superar: todos fracasaron. A uno le pidió que le trajera el cuenco de Buda, a otro, la rama de gemas de horai, a aquel, la piel del ratón de fuego, a este, la joya de un dragón, y al último, una especie de concha que guardaban las golondrinas. El primero, Ishitsukuri, cogió un cuenco cualquiera de un monasterio y se lo mandó; como no desprendía brillo, ella supo el engaño y lo devolvió. El segundo, Kuramochi, fingió partir pero encargó hacer la rama a unos orfebres; cuando reclamaron su salario, se descubrió la farsa.

El tercer aspirante, Abe no Miushi, pagó por que le compraran la incomparable piel y se la llevó a Kaguyahime; dado que no ardía, dijo a su padre que la echara al fuego y se quemó. El cuarto, Otomo no Miyuki, envió a sus criados por la joya que pendía del cuello de un dragón y que irradiaba cinco colores; al no regresar, se embarcó y fracasó. El último pretendiente, Isonokami no Marotari, creyó que llevaba el koyasugai pero descubrió, cuando se caía del nido, que había cogido excremento de golondrina. Kaguyahime le escribió un poema y, apenas él lo leyó y le respondió, murió. Es evidente que estas cinco peripecias implican una enseñanza: el destino es uno u otro, según la decisión que se tome.

El emperador, interesado de “oídas”, encargó a una cortesana que se informara de cuanto concernía a Kaguyahime y, como ella ni siquiera pudo verla, escribió al padre exigiéndosela. “Si obedezco a lo que hoy o mañana puede ordenar Su Majestad, ya no podría mirar nunca más a la gente a la cara” dijo la joven a su padre. El emperador entonces, valiéndose de una estratagema, logró verla e intentó raptarla, momento en el que se convirtió en una sombra. Le rogó que volviera a su figura, cosa que hizo, y la fascinación por ella no lo abandonó ya. Pasaron tres años escribiéndose.

Una primavera Kaguyahime se entristeció y, al acercarse la luna del octavo mes, su llanto fue incontenible. Reveló que el día quince vendrían por ella ya que era de “la capital de la luna”. El emperador, a ruegos del padre, apostó un ejército alrededor de su casa y, a la media noche, una inmensa luminosidad inundó el entorno. Del cielo, en un vehículo volador cubierto por una sombrilla de seda, bajaron unos hombres con un traje resplandeciente. “El que parecía el rey” llamó a Miyatsuko y le dijo que por sus méritos lo había ayudado enviándole a Kaguyahime pero que ahora, cumplida la condena que la retenía en la tierra, ella tenía que marcharse.

De nada sirvieron lágrimas ni armas, pues Kaguyahime se separó de los brazos de su madre, pidió a su padre que la mirara mientras ascendía al cielo y le dejó una carta para que la leyera siempre que la recordara. Los celestiales le pidieron que tomara la “medicina” y se pusiera el “vestido de pluma”. Ella sabía que de hacerlo perdería sus sentimientos y escribió al emperador. Entregó la carta y el elixir, la enfundaron en el traje y se esfumó. El emperador ordenó quemar la carta y el elixir de la inmortalidad en la montaña más alta, el volcán Fuji, que desde entonces sigue ardiendo. De este modo, el relato que comenzaba atemporalmente se cierra en el presente como si hubiéramos hecho un viaje de ficción.

De los modelos culturales entre Oriente y Occidente señalo que la sugestión de la luna para los japoneses es maléfica a diferencia del halo romántico que nosotros le damos, siendo idéntica la sensación de que el tiempo se dilata en estado de felicidad. Simbólicamente se pueden relacionar ad contrarium por la “golondrina” porque, si en Japón encarna la reproducción, en la tradición grecolatina encarna la esterilidad: Filomela fue convertida en ese pájaro porque, violada por su cuñado, acordó con su hermana Procne matar al hijo de ambos y servírselo en la comida. Habiendo desechado el relieve de la comunicación escrita en el texto y el vestido de pluma, símbolo de insensibilidad, termino solidarizándome con el dolor humano.


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